Con la llegada del invierno y del frío, los resfriados y las afecciones del sistema respiratorio se multiplican. No hablamos, en este caso, de la pandemia del coronavirus, sino de los típicos catarros e, incluso, gripes, que nos afectan durante los meses más fríos del año.

El coronavirus se suma a todas ellas, como es obvio. Sin embargo, nos centramos en los problemas asociados a catarros y toses porque hay dos cosas que nos pueden hacer sobrellevarlos mejor: por un lado, el uso generalizado de mascarillas, que nos protegerá este año más que cualquier otro; por otro lado, la calidad del aire que respiramos.

Y es que, a mayor calidad del aire respirado, menor probabilidad de sufrir un catarro o una gripe. Tiene que ver, claro, con el aire limpio, libre de gérmenes, pero también al aire libre de polución, que, como sabemos, es una de las primeras causas de mortalidad prematura en Europa, y en el mundo.

De hecho, la contaminación atmosférica sigue teniendo importantes repercusiones en la salud de la población europea, sobre todo en zonas urbanas. Los contaminantes más graves de Europa, si atendemos a cómo dañan nuestra salud, son material particulado (PM), el dióxido de nitrógeno (NO2) y el ozono a nivel del suelo (O3).

Dependiendo de muchos factores, hay sectores de la población a los que estos contaminantes afectan más que a otros. Por ejemplo, los grupos socioeconómicos más bajos tienden a estar más expuestos a la contaminación, mientras que las personas mayores, los niños y las personas con problemas de salud (sobre todo relacionados con el aparato respiratorio) son más susceptibles a sus efectos.

En las ciudades es complicado mantener un aire limpio por la presencia de industrias y medios de transporte (en general, vehículos a motor de uso privado y colectivo, camiones, aviones, trenes…).

La Unión Europea es consciente de esto y por eso trabaja muy duro para corregir la tendencia. Ya se pueden ver ciertos resultados que nos llevan al optimismo, y podemos decir que la mejora en la calidad del aire está repercutiendo desde ya mismo en una mejora de la salud de todos los ciudadanos del territorio.

Para entender la magnitud del efecto en la salud de todos que tiene la polución ambiental, podemos fijarnos en la cantidad de vidas que se pueden salvar simplemente mejorando la calidad del aire.

La contaminación atmosférica tiene, además, considerables repercusiones económicas al reducir la esperanza de vida, aumentar los costes médicos por los tratamientos de las enfermedades que provoca, y al reducir la productividad por los días de trabajo perdidos en diversos sectores económicos.

En el informe «La calidad del aire en Europa 2020», de la Agencia Europea de Medio Ambiente podemos leer este impacto estimado de la contaminación en los fallecimientos prematuros en Europa: en 2018, la exposición a largo plazo a partículas de un diámetro de 2,5 μm o menos (PM2,5) en Europa (incluidos 41 países) fue responsable de, aproximadamente, 417.000 muertes prematuras, de las cuales alrededor de 379.000 se produjeron en la UE-28.

Esto implica una reducción del 13% de las muertes prematuras tanto en Europa como en la UE-28, en comparación con las 477.000 muertes prematuras estimadas para 2009.

A estas cifras ¿de 2018? hay que sumar los 55.000 fallecimientos prematuros estimados por causa de NO2, y unas 20.600 muertes prematuras por ozono a nivel de suelo.

La contaminación del aire y su relación con la COVID-19

La COVID-19 continúa teniendo graves consecuencias para la salud humana, y también tiene importantes repercusiones financieras y sociales. La Comisión Europea ha coordinado una respuesta común a nivel europeo para gestionar el brote de la enfermedad que, como ya sabemos, tuvo un fortísimo impacto en la actividad industrial, comercial y de servicios, en general.

En el caso del parón en las actividades económicas que impulsan, en su funcionamiento normal, las emisiones de contaminantes atmosféricos, las implicaciones más inmediatas fueron la mejoría en la calidad del aire. Por otro lado, existen pruebas tempranas que sugieren que la exposición a la contaminación atmosférica puede influir en la vulnerabilidad y susceptibilidad humanas a la enfermedad.

En el informe también se describen las primeras investigaciones sobre el posible papel de la contaminación atmosférica en la transmisión del coronavirus y su enfermedad asociada, COVID-19.

Lo que parece cierto es que las medidas de bloqueo introducidas por la mayoría de los países para reducir la transmisión de COVID-19 en la primavera pasada dieron lugar a importantes reducciones de las emisiones de los contaminantes del aire, en particular del transporte por carretera, la aviación y el transporte marítimo internacional.

Como conclusión destacada del informe, se puede afirmar que las fluctuaciones de la calidad del aire relacionadas con la pandemia de COVID-19 hacen evidente la relación entre nuestro estilo de vida y la sostenibilidad medioambiental, de ahí que todas las medidas orientadas a mejorar la calidad del aire de manera permanente van a redundar en un gran beneficio de salud para toda la sociedad.

18/12/2020
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Category: Blog

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