Las tecnologías de la comunicación actuales nos han permitido seguir trabajando, estudiando y estar en contacto con amigos y familiares a través de aplicaciones como, por ejemplo, Zoom. En otra época, esto sería imposible. El problema viene cuando no sabemos, o no podemos, desconectar.

Es curioso que todo lo que nos permite seguir trabajando a pesar de tener una pandemia activa, nos pueda llegar a perjudicar provocándonos ansiedad, agotamiento y depresión. Y es curioso que las herramientas que nos permiten conciliar mejor nuestra vida familiar y laboral puedan hacer justo lo contrario.

Desconectar tras la jornada laboral, tras el tiempo de estudio, es muy necesario. Lo es por salud mental y lo es, también, porque necesitamos tiempo para nosotros, para nuestras familias, para desarrollar otro tipo de actividades, hacer deporte o dedicarnos a un hobby. O, simplemente, salir a pasear por nuestra ciudad y disfrutar de la vida.

El problema es que eso es la teoría. La realidad puede ser muy diferente. Las redes sociales, el «siempre conectados» que tan bien nos sentaba hace unos años, se nos vuelve en contra. Una notificación a destiempo, un correo electrónico o un WhatsApp a deshora, y nuestra ansiedad sube.

La falta de desconexión que nos provocan los demás se va volviendo una no desconexión voluntaria por nuestra parte. Buscamos si nos han escrito, si hay algo nuevo. Y ahí empiezan los problemas relacionados con la salud.

El teletrabajo difumina los límites de la jornada laboral

Cuando hace algo más de un año estalló la pandemia del COVID y los diferentes países del mundo empezaron sus periodos de confinamiento, muchas empresas tomaron la senda del teletrabajo para mantenerse a flote.

Gracias al teletrabajo, las personas conservaron sus puestos, los estudiantes siguieron con sus estudios, y las personas mantuvieron el contacto y las esperanzas de que todo terminase.

En cuestión de teletrabajo, la adaptación inicial hacía que fuese razonable alargar las jornadas de trabajo. Una de las razones principales de este fenómeno es puramente operativa y está relacionada con la cultura empresarial: las jornadas «deben ser» de ocho horas, por tanto, hasta cumplir ocho horas de trabajo, hay que seguir.

Eso significa que, si hacemos una pausa de dos horas para hacer tareas domésticas, por ejemplo, esas dos horas las recuperamos «más tarde». Esta dinámica tan inocente en apariencia nos lleva con el tiempo a una conexión continua.

Según datos de Eurofund, el trabajo a distancia aumentó en un 30% desde el inicio de la pandemia. Estas personas que trabajan en remoto tienen más probabilidades (en concreto, más del doble) de alargar su jornada que aquellas personas que trabajan en las oficinas o las instalaciones de su empresa.

De hecho, casi un tercio de las personas trabaja fuera del horario habitual con demasiada frecuencia, y eso es la base de todos los problemas de salud mental que padecerán a la larga.

Desconectar del trabajo es esencial, y debería ser un derecho fundamental de todos

Todo lo que hemos dicho hasta ahora desemboca en que la combinación de largas jornadas de trabajo y exigencias más fuertes han provocado un aumento de los cuadros de ansiedad, depresión y agotamiento y de otros problemas de salud mental y física.

Por ese motivo, el Parlamento Europeo ha solicitado a la Comisión que se considere proponer una ley que proteja a los trabajadores y que les garantice el derecho a la desconexión. Es decir, que nos proteja a todos cuando terminamos nuestra jornada de teletrabajo y desconectemos el móvil, apaguemos el ordenador y nos centremos en nuestra vida.

Esto, que parece fácil de entender, es difícil de conseguir para demasiados trabajadores. Sus empleadores pueden no entender esa necesidad e impedírsela de alguna manera, o bien discriminarlos, ser objeto de represalias, ser criticados abiertamente o, en el peor de los casos, ser despedidos.

¿Qué es el derecho a la desconexión? Según el Parlamento Europeo es «un derecho fundamental, que permite a la persona dejar de gestionar tareas relacionadas con el trabajo —como llamadas telefónicas, correos electrónicos u otras comunicaciones digitales— fuera de su horario laboral. Esto incluye las vacaciones y otros tipos de permiso».

Es fundamental porque todas las personas deben poder cerrar su jornada laboral para centrarse en sus vidas. Para lograrlo se necesita establecer un fundamento sólido que permita regular el teletrabajo. Esto implica establecer unos requisitos mínimos para el trabajo a distancia, esclarecer las condiciones laborales y estipular reglas para configurar los horarios de trabajo y de descanso.

Estos requisitos deben incluirse, además, en los convenios colectivos entre los agentes sociales. Es labor de todos garantizar que el teletrabajo no supone una regresión en los derechos de los trabajadores. El teletrabajo es un paradigma diferente al del trabajo tradicional, y se debería articular en torno a objetivos cumplidos, y no tanto alrededor del tiempo que se tarde en desarrollarlos.

El trabajo a distancia implica un cambio cultural consciente en las empresas y en los trabajadores, para adaptarse a una forma de trabajo sustancialmente distinta. Y el cometido de la Comisión Europea es garantizar a las personas que tendrán el respaldo suficiente como para poder hacerlo realidad.

 

27/03/2021
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